Iba el conejo con la coneja,
los conejitos iban detrás...
El perro pinto y largas orejas
seguía el rastro del animal.
Se oyeron truenos, se nubló el día,
y la hojarasca empezó a volar...
Soplaba el viento, y, en su agonía,
el sol moría en la oscuridad.
El perro lento cual buen sabueso,
olfateaba para explorar.
Rápido andaba el pobre conejo,
buscando un hueco para escapar.
Cayeron gotas, y no de rocío,
un aguacero se desató,
que borró el rastro de los seguidos,
y aulló el perro del cazador...
Se armó de trampas, colocó minas
este furtivo depredador.
Los desplazados sentían encima
todo el peligro de la explosión.
Llegó el conejo con su pareja
(los conejitos seguían detrás)
hasta una senda y paró la oreja,
ya no se oía ladrar el can.
Salió del bosque, buscó una orilla
donde pudiera vivir en paz.
Miró a un lado y... ¡vio a una cuadrilla
de hormigas prestas para atacar!
Ésta es la historia de una familia
que desplazaron de su hábitat.
El campo pierde buenas semillas
y hoy sólo hiedra se ve habitar.
Son importantes todos los seres.
Queridos niños, no hay que dudar,
miren a fondo los padeceres
del hombre humilde y del animal.
Ya no es el campo como antes era,
lleno de aromas, espectacular,
los campesinos, gentes sinceras,
de sus terruños se ve marchar.
Ya no más caza, no desplazados,
hagamos de este
mundo un placer.
Ya no más minas, que es un pecado...
¡Muchos en coche y otros ni
a pie!.
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